Desde hace dos meses las noches están llenas de pesadillas. Me despierto con la cara empapada en lágrimas, las sábanas están revueltas y la angustia en el pecho no cesa aunque pasen y pasen las horas. Me despierto antes de que suene el despertador porque soy incapaz de dormir tranquila, porque soy incapaz de sentir paz en mi interior. Los días son automáticos: vestirse y salir a la calle con una máscara. Una máscara que pesa y pesa y pesa, una máscara que araña la cara y hace que las dudas sobre quién soy vengan y vayan.


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