Luciérnagas que se acercan hasta chamuscarse.

«En uno de nuestros últimos encuentros me hiciste un cardenal en el brazo que me obligó a llevar manga larga a pesar del calor. Me embobaba mirar cómo la marca que tenía en la piel cambiaba. Era como si me hablara. Al principio era pequeña y dolorosa, de un color oscuro y violento. Después se fue transformando en una mancha cada día más clara y difusa, y el tono azulado mutó en uno anaranjado. Un día se hizo invisible. Plasmaba lo que me pasa casa vez que te veo: al principio un tropiezo reconcentrado, oscuro, fuerte y violento totalmente localizado adopta mil matices y se suaviza de modo sereno hasta extenderse y mezclarse con mi piel.
Cuando te he seguido lo he hecho siempre con la ilusa convicción de que todo iría bien. Después, cuando me daba cuenta de la devastación que había causado me maldecía mil veces por ser tan ciego, tan nocivo, tan inconsciente. Y me prometía que no volvería a pasar.
También me prometía que sería bastante fuerte para decirte que no cuando me dijeras de nuevo que querías verme. Y así cada vez. Como si fuéramos dos luciérnagas que saben que acercándose a la luz se quemarán pero lo vuelven a hacer, sin sentido, de modo instintivo, sin evitar la fascinación mutua.»
La Sed, Paula Bonet.


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